agosto 17, 2008

Ejercitar la presencia


Es habitual observar como nos perdemos en evocaciones, fantasías, proyecciones, miedos y nos des-conocemos a nosotros mismos y a nuestro entorno. Nuestra condición humana aflora con sus luces y sombras. No obstante, Dejo lo efímero, el espejismo cuando se vivencia la experiencia de “la presencia presente”, aquí y ahora la eternidad.

Las tradiciones recónditas nos ofrecen una poderosa verdad: la presencia en el presente. Dice el rito que de aquel acto proviene la sabiduría y el conocimiento. Sin embargo, la presencia es esquiva en nuestra cotidianidad. ¿Por qué, en el mundo que habitamos, estar presentes es tan simple pero tan difícil a la vez? 

Para estar presentes, las voces apartadas del sueño nos mencionan algunos datos: dividir el día en fracciones y darse cuenta de las actividades diarias que realizamos y, en forma gradual, estar conscientes de cada rutina. Dedicar un momento temprano en el día de vivir el presente antes de cualquier otra cosa, es decir, dejar de lado otras prioridades, pero sin disiparlas. Mientras cambiamos de actividades, conservamos el propósito, por ejemplo, de controlar la imaginación, de estar presente en cada aliento. Utilizar el día como mecanismo para experimentar los esfuerzos de recordarse y no olvidarse. Tratar de estar presente cada vez que escuche, hable, vea. Con el hábito de acrecentar esta clase de vivencia, el “olvido de sí”, se cambia en la sencillez de estar presente. 

Carlos G. Vallés escribe en unos de sus libros el siguiente relato:

“Al entrar Buda en un pueblo en su constante peregrinar en la siembra de la palabra y el ejemplo, un hombre le insultó y arrojó barro a su paso en protesta por su visita a aquel lugar. No a todos agradaban los sermones del peregrino y la renuncia total que la presencia del maestro y sus discípulos hacían palpable sin palabras ante una sociedad esclava de deseos. Y aquel hombre protestó con insultos la llegada del mensajero del desprendimiento.

Al atardecer Buda predicó ante el pueblo y aquel hombre también oyó el sermón. Había acudido para criticarlo e interrumpirlo con su actitud hostil, pero las palabras del maestro le llegaron desde el principio, abrieron sus ojos, cambiaron su corazón y le hicieron ver cuán equivocado estaba en su prejuicio injusto. Lloró de noche y decidió buscar el perdón al día siguiente.

De mañana se presentó al maestro, se identificó como el hombre que le había insultado la víspera y pidió perdón. Buda respondió:

‘Ayer era ayer y hoy es hoy. Aquel a quien tú insultaste era un personaje de ayer, y éste con quien hablas ahora lo es de hoy. El que insultó ayer, era de ayer, y el que pide perdón hoy es de hoy. El ayer pasó, y con él el insulto y quien lo lanzó y quien lo recibió. Hoy tú y yo somos nuevos como nuevo es el sol que acaba de amanecer. No achaques al sol de hoy los calores de ayer. No hay nada que perdonar porque no existe la injuria que habría que perdonar. Déjate ser hombre nuevo, y permíteme a mí serlo también contigo. Acabamos de conocernos. Seamos amigos’. Y un nuevo discípulo se añadió al grupo.”



julio 20, 2008

El Pedagogo de la Incertidumbre II




Segunda Parte


El Pedagogo de la Incertidumbre es aquel que desde la vocación se permite ser libre, creativo, humano, reflexivo, comprometido, inteligente y ético; cedo al impulso de comunicar algunas ideas sobre su actuar pedagógico:

• No impone un camino a seguir, sino despierta en sus aprendices el sendero que cada uno debe eternizar.
• Cree que la dualidad enseñanza-aprendizaje no se da exclusivamente en las aulas, sino que es una capacidad innata que nos acompaña en todo lugar y tiempo.
• No desea responder todas las interrogantes, sino generar en sus aprendices las preguntas certeras para motivar la propia indagación.
• No huye de la inseguridad, sino proporciona libertad y conciencia para construir una verdadera seguridad.
• No acusa al otro, sino que se responsabiliza de su pensar, sentir y actuar; pues comprende que es la senda auténtica del cambio personal y comunitario.
• No sólo indica su disciplina, sino enseña a aprender de cada vivencia ya que más que formar un guía o profesional busca crear personas sabias.
• Rechaza los relatos rígidos, más bien estimula la actitud de crear, relacionar y discernir los innumerables textos que existen en la comunidad de seres vivos.
• Lucha contra la ignorancia y la incapacidad, pues comprende que son lastres en la evolución de la humanidad.
• Sin imponer un modelo de vida, coopera en construir “la brújula” que nos permita interpretar “el mapa de la realidad”.

En las estaciones actuales, la educación ha transitado de lo esotérico a lo exotérico, del monasterio hemos pasado a la urbe; no deseo emitir un juicio de valor sobre el fenómeno, sino más bien asimilar un hecho inevitable en el caminar de la humanidad. No obstante, este suceso nos enfrenta a un cuestionamiento ético: ¿inclusión o exclusión?

Es paradójico descubrir que mientras más “avanzamos”, se revelan más variedades de marginación. Sí, hoy somos muchos más los marginados o marginales.

La sola presencia de alumnos, docentes y padres en las escuelas, no nos habla de inclusión, sino a veces más expresa exclusión. Entre las más frecuentes utilizada en educación están: la de tipo social, económica, la carencia de aprendizaje y la más dramática, la exclusión del “sentido existencial”.

Frente a la disyuntiva, personalmente me inclino más por la inclusión y asumo que el Pedagogo de la Incertidumbre es un ferviente defensor de esta postura. Comparto con otros autores los principios que deben orientar la inclusión:

1.- Equidad: todos están invitados a participar en las aulas: los talentosos y los necios, los con o sin dinero. Los niños o jóvenes actuales ¿son humanos o mutantes? Nuestro destinatario es el “otro”, humano al igual que uno mismo. ¿Se imaginan un sistema de salud que sólo atienda a los sanos? o ¿Qué algunos médicos tomen en cuenta a los enfermos mientras otros se marginan? ¿Es esto un sistema “exitoso”? La inclusión debería representar un indiscutible desafío para todos los docentes y no sólo para aquellos que por vocación o ubicación han optado por el trabajo con los excluidos. ¿Queremos una comunidad con más cárceles o escuelas?

2.- Calidad: el Pedagogo de la Incertidumbre tiene que “atestiguar” el aprendizaje. No se trata de llenar con contenidos a los estudiantes o ser un latero, ni tampoco de prepararlos para “validar pruebas”. La calidad implica un diseño nuevo y novedoso de la gestión pedagógica tanto en lo micro como en lo macro; donde la autonomía, la evaluación, el clima, el trabajo y las redes estén al servicio del aprendizaje. Ante la incertidumbre superemos el impulso reptiliano de huir o luchar; atrevámonos a innovar y aprender de la experiencia, quizás descubramos otras realidades más ventajosas. En respuesta a su circunstancia, cada comunidad, en coordinación con otras, formule sus propios parámetros de mejoramientos. Calidad no es más que cada día “ser más humano”, un re-descubrir la sabiduría y el conocimiento como patrimonio valioso de la humanidad.

3.- Incertidumbre: este principio es quizás el mayor desafío que la educación debe enfrentar. Con equidad y calidad continuamos en los márgenes de lo “cuantitativo”, sólo con el tercer principio conseguiremos dar un paso “cualitativo” que posibilitará un gran salto evolutivo de la humanidad. Hoy tenemos los instrumentos para liquidar todo rastro de vida aquí y en cualquier lugar. ¿Seremos los últimos peregrinos o podremos heredar a otros nuestros aprendizajes, en este sendero que la humanidad ha construido? El “vacío existencial”, la “sociedad de consumo” que hemos erigidos deben ser confrontadas con “conciencia”. No se trata de un adoctrinamiento, sino que apunta a valorar el legado espiritual de la humanidad y construir caminos “humanizantes” para la escenario actual: éticos, trascendentes, tolerantes, ecológicos, etc. Valorar, descubrir y desarrollar la multiplicidad de identidades que se enmarcan dentro de un tejido que se extiende en la humanidad.

El Pedagogo de la Incertidumbre tiene certeza que acrecentando sus talentos, su compromiso, su función protectora y su vocación podrá “incluir” en las aulas no sólo individuos sino también conocimientos, valores y razones existenciales.




julio 06, 2008

El Pedagogo de la Incertidumbre I






Primera Parte.

Quiero central mi texto en un actor fundamental del proceso educativo, sin desmerecer los otros animadores que participan en la educación: el educador/a. Hoy en mi país hay un debate “caliente” acerca del sistema educativo que se desea implementar para las generaciones de ahora y mañana.

Una reflexión ineludible, pocos se atreven a discutir, es señalar la “misión y visión” del docente en la sociedad contemporánea. Como profesor diariamente convivo con alumnos en las aulas… me he preguntado varias veces: ¿para qué existo ahora? ¿Cómo soy como educador? ¿Por qué estoy en esta aula? ¿Qué significado tiene el otro? Por eso, urge reflexionar y responder:

¿De cuántas cosas el educador/a y las organizaciones educativas no se responsabilizan porque no saben, no pueden, no quieren o no les corresponde hacerse cargos?

Somos parte de esta estación; vivimos una época inestable, veloz, incierta, con descomunales cambios y con un asombroso descuido existencial, que una de sus señas es la fragmentación de las diversas instituciones culturales (familia, escuela, poderes públicos, instituciones, etc.). Lo anterior ha negado al educador que sea el necesario relato y refugio de sus estudiantes, y muchos de los hechos que confrontamos no son sino presagios de este “vacío existencial” que nos custodia en nuestro tiempo.

Los seres humanos necesitamos hábitat de amparo y regazo para poder ascender, que nos permitan construirnos como seres y, además, posibilitar valores, formular las preguntas vitales de toda existencia, habilitar la socialización y las identificaciones personales y culturales.

Las aulas modernas no tienen el destinatario de antaño, un nuevo perfil surge, algunos autores hablan de generación X y generación Y. Son individuos que se enfrentan a una realidad confusa e individualista, viven en casas vacías, con padres ausentes, expuestos a una amplia información, dependiente de los medios, su pensamiento se desarrolló con el “zapping”, con una actitud ociosa y un extenso tiempo disponible para satisfacer sus placeres.

El estudiante, las aulas y el docente son inciertos en estos momentos. Es trascendental que el profesor tenga una postura creativa, humana y vital ante esta situación:

Cómo responde el educador cuando su destinatario es:

• un muchacho que ejecuta o sufre “grooming”,
• un estudiante que se droga,
• una niña embarazada,
• un niño que ha abandonado a su familia para vivir en una “tribu urbana”,
• un adolescente que se descontrola los fines de semana,
• un joven que prefiere exclusivamente una fiesta a cualquier propuesta formativa,
• un estudiante que se interesa más por los grupos de música que por cultivar las letras o las ciencias.
• ¿Si los acontecimientos corren velozmente sin que lo podamos digerirlos?
• ¿Si cualquier medio es lícito para conseguir lo que se desea?
• ¿Si la comunicación preferida son los mensajes de texto de celulares, el chat y el correo electrónico?

• ¿Si la forma de acceder a la realidad es a través de la “tecnofilia”?

En nuestros días, la vida no está en las aulas, sino en otros fragmentos; actualmente existen otros agentes y formas de enseñar que se suman o compiten con el educador. El profesor/a enseña, pero no lo enseña todo; sin él también se aprende.

Si somos honestos, tendremos que reconocer en nuestros días que el educador/a no es garantía de nada, e incluso, puede ser un factor inhibidor del crecimiento personal y social del alumno/a.

Una dificultad evidente y radical es que el pedagogo no puede enseñar lo que nunca aprendió. No sabe porque no aprende. Hay aspectos de la realidad que el educador/a solamente puede limitarse a enunciarlas.

En otras estaciones, de alguna manera los educadores establecían un vínculo necesario y obligado con el mundo de la cultura, del saber, del conocimiento, en definitiva, con el mundo de la vida. Con injusticia o justamente, un hecho bastante trágico es que los educadores hemos perdido la autoridad social de legitimar la enseñanza necesaria, transformándose esto en un hecho significativo y determinante de la educación de la época actual.

Es perentorio lograr cambios que no sólo se queden en los planes y programas, sino que produzcan transformaciones en nosotros mismos como maestros y, sólo así, se dará el primer paso para aulas educativas diferentes. Estos cambios implican nuevos paradigmas que se traducen en crear nuevas prácticas y compromisos, nuevas formas de relacionarse y pensar, otra gestión de la enseñanza y del aprendizaje, otra convivencia que supere lo arbitrario o lo históricamente establecido.

No hay enseñanza posible si el educador no cree que:

• “el otro” puede mejorar y cambiar,
• el mundo puede ser más habitable y humano,
• cada uno de nosotros es digno y puede ser amante del prójimo.

Hoy urge un tipo de educador que se enfrente a la incertidumbre; que ofrezca no sólo su disciplina, sino también una formación en la sabiduría de vivir, que sea un gestor de diseños de aprendizajes.




junio 17, 2008

“No hay ninguna probabilidad de que deje de filosofar, de exhortaros, de enseñar siempre…”








En este instante, Sócrates nos dice:

“…, si me dijerais: “Mira, Sócrates, ahora no vamos a creer a Anito, sino que te dejaremos libre bajo la condición de que no sigas ocupándote de exámenes ni de filosofía. Si eres sorprendido haciéndolo, morirás”. Ahora bien, si, como dije, me dejarais libre bajo estas condiciones, yo os diría: “Señores atenienses, yo tengo por vosotros toda suerte de respeto y de afecto, pero obedeceré al dios antes que a vosotros, y mientras tenga aliento y pueda hacerlo, no hay ninguna probabilidad de que deje de filosofar, de exhortaros, de enseñar siempre a todo aquel de vosotros en quien me tropiece", diciendo lo que siempre tuve costumbre de decir: “Oh, tú, el mejor de los hombres, que eres ateniense, de la ciudad más grande por su sabiduría y su magnanimidad, no te avergüenzas de preocuparte de las riquezas para tener la mayor cantidad posible, y de la fama y del poder político; pero de la sabiduría y la verdad, y de tu alma para que sea lo mejor posible, de eso no te preocupas ni te cuidas”. Y, si alguno de vosotros me pone objeciones y dice que se preocupa, no lo soltaré inmediatamente ni me separaré de él, sino que lo interrogaré, lo examinaré y discutiré con él, y, si me parece que no ha adquirido la virtud, aunque lo diga, le echaré en cara que tiene en menos las cosas más valiosas y asigna mucho valor a las que tienen menos. Esto lo haré con jóvenes y viejos, con cualquiera en quien me tope, extranjero o ciudadanos, más aún con los ciudadanos en la medida en que me están más próximo por linaje. Esto me ordena el dios, sabedlo bien, y creo por mi parte que ningún bien mayor puede haberse dado alguna vez en la ciudad para vosotros que este servicio divino mío. Yo voy de un lado a otro sin hacer otra cosa que no sea persuadir a jóvenes y viejos para que no se preocupen tanto ni tan intensamente de sus bienes, prefiriéndolos a las cosas del alma para que llegue a ser lo mejor posible, diciendo que la virtud no nace de las riquezas, sino que es por obra de la virtud que las riquezas y los demás bienes púbicos y privados llegan a ser buenos para lo hombres. Si diciendo esto, corrompo a los jóvenes, estas doctrinas serán dañinas. Si alguien dice que digo otra cosa, dice una tontería. Por esto, atenienses, si acogéis la acusación de Anito o la rechazáis, si me absolvéis o me condenáis, debéis saber que no haré nunca otra cosa, así tenga que morir mil veces”.



(Platón: Apología de Sócrates, capítulo XVII)






junio 01, 2008

¡ No quiero aprender !








En un mundo globalizado por la información y con predominio de la tecnocracia sobre otras disciplinas humanas, asumimos que un hardware o software podrá pensar o sentir o actuar por nosotros mismos; así es habitual encontrar una resistencia al aprendizaje. Lo “des-conocido” en el ser humano puede general atracción o huida. En ocasiones mostramos una verdadera “fobia” por el aprendizaje.

Cuando nos enfrentamos a una situación de aprendizaje se desencadena una batalla dentro de nosotros, en nuestro cerebro. El paleoencéfalo se resiste al cambio; prefiere continuar con sus rutinas, la territorialidad, adicciones, rituales, tabúes. En cambio, el telencéfalo asume que el aprendizaje es un desafío, que lo moviliza a la generación o resolución de problemas, análisis y síntesis de información, al uso del razonamiento analógico, del pensamiento crítico y creativo; todos estos actos asimilan “el cambio” y nos llevan a potenciar la capacidad de aprender, es decir, aquel acto de trascender el impulso primario de supervivencia: huir o luchar.

Hay varios mecanismos que utilizamos para rechazar el aprendizaje, no obstante, como profesor quiero señalar las estrategias de resistencia al aprendizaje que he detectado en mis estudiantes, enumero algunas:

• La falta de atención: me “des-conecto” de la clase a través de la imaginación o algún aparato tecnológico. El cerebro tiene la capacidad de “desconexión” frente a una realidad poco placentera o amenazante (como puede ser el aprendizaje).
• La incapacidad: más de una vez, he escuchado la expresión: “No soy capaz”. Esta actitud de imposibilidad ante una situación de desafío y de progreso, no es más que una forma de proyectar nuestras capacidades y responsabilidades en un “otro” o “algo ajeno”, nos negamos a nosotros mismos.
• El aislamiento físico y/o psicológico: tomamos una actitud de pseudo “autismo”, nos replegamos sobre nosotros mismos en búsqueda de seguridad, pues “lo nuevo” nos causa miedo.
• La agresividad: entre huir o luchar decidimos atacar al “agente” que nos intimida con un acto de evolución: la insolencia, la descalificación y la agresión física o verbal en el aula más de alguna vez ha tenido este origen.
• La rutina: aparentemente estamos realizando las actividades de aprendizajes, sin embargo, es un acto sin sentido, sin razón; estamos con “piloto automático” para evitar el compromiso de aprender.

Lo preocupante es que estas tácticas se pueden solidificar en nosotros y resultar un obstáculo muy difícil de superar. En ciertas circunstancias contemporáneas, aflora fácilmente la resistencia al aprendizaje y aunque suene irónico decirlo: hoy en día el aprendizaje en las aulas es arduo.

En otras ocasiones he expresado que la educación no puede ser un simple acondicionamiento de instrucciones para rendir “Pruebas Estandarizadas” o fábrica de “materia prima” para la economía de mercado, tenemos la urgencia de rescatar una educación que nos permita, en un primer estadio, re-vivir el principio trascendental: “Conócete a ti mismo”.

No es bueno solo quedarse en el problema, tenemos que proponer soluciones. La ciencia, especialmente la Física, nos habla del fenómeno de la “inercia” y se define como la incapacidad de un “cuerpo” para modificar su estado de reposo o de movimiento sin la intervención de alguna fuerza. De este principio surge un antídoto o “fuerza” para este mal que asecha a la humanidad (la resistencia al aprendizaje): la VOLUNTAD. Cuando formamos la voluntad en nosotros mismos, ya sea como docente o ciudadano y en nuestros estudiantes, despertará la VOCACIÓN y, sólo así, podremos comprender las “otras voluntades” que habitan en nuestro planeta y sabremos llamar a practicar la voluntad humana (en primer instante) para luego trascenderla.

Pienso que muchas de las soluciones a los problemas que existen en el día de hoy están escritas en nuestros “genes”. Una de esas herencias de nuestros antepasados es el Tarot, y especialmente, en una carta encuentro la actitud que personifica fielmente el aprendizaje humano, es: el arcano Nº 22 o Nº 0, el “Loco” o el “Tonto”. Paradójicamente Él nos indica la actitud que necesitamos para lograr el aprendizaje vital que requerimos. El Loco pertenece a la condición del espíritu puro, libre de toda contradicción, sin apegos, trasciende los impulsos, cuya premisa es el silencio y con valentía su oriente se dirige hacia el “santuario recóndito”.